Su consumo supera al del alfajor y al de las galletitas.Atrae tanto a niños como a adultos por igual.Muchos han intentado exportarlas pero pocas han llegado con la crema pastelera intacta. Algunos opinan que el atractivo mayor proviene del surtido; del glaseado; del aire que le inyectan o de la panadera/o que atiende.
Su consumo se encuentra tan arraigado en nuestra sociedad y en la cultura que pocos se han detenido a indagar sobre su verdadero precio ni en la imposibilidad de cotejo entre ellas.
Es tal la soberbia de los panaderos/as que se enorgullecen en exhibir solemnemente las mejores balanzas que cualquier otro comercio dispone (ya sea antigua o moderna siempre se encuentran en perfecto estado) y se confian que ningún cliente jamás descubrirá la forma de optimizar su compra en detrimento de las ganancias del comercio.Han implementado absurdas pero inteligentes estrategias para evitar que el cliente exiga el pesaje (la venta por “docena”, el autoservicio, la crema pastelera y el apodo “de grasa”, siendo esta última muy eficaz para disuadir a las mujeres ha reclamar por aumentos en el tamaño de las facturas).
Desafortunadamente, la compra de facturas no ha sido tan inteligente como la compra de pan y otros productos de panadería.No obstante, hoy develamos el misterio y quitamos el velo sobre vuestros ojos. Exigamos que se cumpla el derecho del consumidor a estar informado.
Advertencia: No es la nueva temporada del programa de Lita De Lazari.
Versión para Hombres
Nuestros hermanos del Uruguay nos aventajan: no sólo les llaman Bizcochos a las facturas sino también las compran por kilo, un sistema más justo para todos.